La falcata es un arma de origen español,
en realidad es un tipo estilizado del gladius hispaniensis o
gladius romano, que tras
la llegada de Roma a España pasó a formar parte del equipo militar romano.
La hoja de la falcata mide aproximadamente unos 45 cm. de longitud, es
decir, la longitud del brazo. En realidad no había dos falcatas iguales, ya
que estas valiosas espadas romanas se fabricaban de encargo, por lo que cada una tenía
unas medidas según el brazo de su dueño.
En todo el Mediterráneo se admiraba la
calidad de estas armas, fabricadas con un mineral de hierro de altísima
pureza. Su flexibilidad era tal que los maestros armeros la colocaban sobre
sus cabezas doblándolas hasta que la punta y la empuñadura tocaban sus
hombros. Si la espada romana volvía a su posición recta al soltarla de golpe era
una obra de arte, si no se fundía para volver a fabricarla. Los griegos que
llegaron a España llevaron la falcata consigo y tuvo gran aceptación,
convirtiéndose en la segunda arma más utilizada tras la espada de hoplita
En las tumbas, las armas
iberas se encuentran cuidadosamente dobladas, inutilizadas, ya que, como
hemos visto en la falcata, eran armas personales, fabricadas para cada
guerrero en concreto y no debían ser utilizadas por ningún otro. Por eso
se enterraban inutilizadas con su dueño. El vínculo que unía al guerrero
español con sus armas era más importante que su propia vida, por ello
preferían morir antes que rendirse y entregar sus armas.
Como guerreros, los españoles
eran la crema de las tropas auxiliares. Púnicos y romanos los utilizaron
ampliamente, sobre todo a la infantería pesada y a los honderos baleares,
cuya mortífera destreza en el manejo de la honda era apreciadísima en la
Antigüedad. De hecho, en Cannas, Aníbal tuvo que alternar compañías españolas
y galas porque no se fiaba de éstos últimos y sabía que los españoles
cumplían siempre con las órdenes hasta el final.
Cada nación tenía sus
propias armas y su modo de utilizarlas. En España, al utilizarse la espada
corta, la formación era en línea, netamente ofensiva, ya que el gladius
es una poderosa arma que de poco sirve a la defensiva. De ahí la tremenda
mortandad causada por los españoles en Cannas y posteriormente a las
legiones romanas.
En conjunto, la táctica
ibera fue literalmente copiada por los romanos tras la I Guerra Púnica. El
infante español portaba el temible soliferrum, especialmente diseñado
para perforar cualquier tipo de escudo, aún cuando éste fuera metálico.
Tras lanzarlo contra el enemigo desenvainaba su temible espada corta y,
protegido por su escudo celta atacaba usando la espada para
"pinchar", con el brazo moviéndose perpendicular al cuerpo. Esta
forma de combatir, con el cuerpo bien protegido, era letal contra un enemigo
que usaba su espada para "golpear", ya que debía descubrir parte
de su cuerpo al alzarla, momento que aprovechaba el ibero para atravesarlo
con su gladius.